Panorámica
El 20 de octubre de 1960, los últimos 23 habitantes de Inishark recogieron lo que podían llevarse, lo dejaron en la orilla y se marcharon para siempre. Desde entonces nadie ha vuelto a vivir en la isla. Se encuentra a algo menos de un kilómetro al suroeste de Inishbofin, su vecina mayor y habitada, frente a la costa de Connemara, en el condado de Galway: una isla baja de pizarra y esquisto que apenas roza los 100 m de altura. Su nombre irlandés es Inis Airc y ni siquiera su significado está claro, pues se interpreta como «isla del cochinillo» o como referencia a un nombre propio, Earc.
Lo que queda es un pueblo devuelto a la intemperie: casas de piedra sin tejado, una escuela en ruinas y el esqueleto de una iglesia del siglo XIX, entretejidos con muros de campo mucho más antiguos. Desde 2008, arqueólogos de la Universidad de Notre Dame excavan aquí y cartografían los sistemas agrícolas de la Edad del Bronce, los asentamientos monásticos altomedievales y la capa del pueblo posmedieval que se superpone a todo ello.
Por qué se vació
En su máximo apogeo, en 1881, la isla albergaba a más de 200 personas que vivían de la pesca, de unos pocos campos y del comercio estacional de algas. No había puerto resguardado, ni electricidad, ni médico, y una racha de temporales invernales podía dejar a la comunidad aislada durante semanas. Ese aislamiento fue lo que acabó con ella. El Domingo de Resurrección de 1949, tres jóvenes se ahogaron mientras remaban hacia Inishbofin para ir a misa; poco después, un adolescente murió de apendicitis porque el temporal impidió cualquier rescate.
En 1960 solo quedaban 23 personas. El Gobierno se negó a financiar el muelle que la isla necesitaba y ofreció a cambio viviendas en tierra firme, y la evacuación llegó aquel mes de octubre. El documental de TG4 Inis Airc, Bás Oileáin (2007), dirigido por Kieran Concannon, lo cuenta a través de los supervivientes y de las imágenes del día de la partida.
Qué vas a encontrar sobre el terreno
Que no haya ni un solo edificio moderno es precisamente lo que importa: las ruinas y los trazados de los campos siguen prácticamente tal como se dejaron.
- La iglesia y el cementerio de St Leo’s – La iglesia del siglo XIX, sin tejado, y su cementerio marcan el centro del antiguo pueblo, junto al borde del acantilado y muy castigados por el viento del Atlántico.
- El pueblo abandonado – Una hilera de casas sin tejado, la escuela y sus dependencias a lo largo del camino alto de la isla. Muchos de los muros de piedra seca siguen perfectamente aplomados.
- Restos monásticos altomedievales – El patrón de Inishark, Leo de Inis Airc, se vincula a un asentamiento monástico levantado aquí entre los siglos VI y VIII; de aquella época se conservan un pozo sagrado y varios santuarios de piedra.
- El paisaje de la Edad del Bronce – Muros bajos de piedra y círculos de cabañas recorren las laderas occidentales: la huella humana más antigua de la isla.
- La Bothy Gallery – El artista Luke Franklin levantó en 2013 esta pequeña galería, siempre abierta, junto a la antigua escuela, dentro de un proyecto más amplio de refugios. Cuatro paredes blancas, un libro de visitas y obra que va rotando. Es gratuita, está abierta a todas horas y se pide que firmes al entrar.
Fauna
En los acantilados anidan fulmares, cormoranes moñudos y alcas comunes, y los temporales de invierno empujan a veces a las focas grises hasta la costa occidental. Algunos veranos todavía se llevan ovejas en barco para que pasten en los prados de la isla, el último hilo vivo de la forma de vida que se fue en 1960.
Cómo llegar
Esta es la parte difícil, y conviene decirlo con franqueza: no hay ferry regular a Inishark. El barco de línea de Cleggan va a Inishbofin, no a Inishark. Para desembarcar hay que fletar una embarcación, normalmente desde Inishbofin (Aidan Day, 086 832 4123) o desde Cleggan. La isla no tiene muelle, así que el desembarco depende de la marea, del oleaje y de una tripulación que conozca las rocas; si las condiciones no acompañan, sencillamente no se hace.
En la isla no hay nada: ni tienda, ni aseos, ni refugio. Lleva agua, comida, botas y ropa cortavientos, consulta la previsión marítima antes de comprometerte y no te salgas de los senderos marcados, porque los bordes de los acantilados no tienen barandilla y el terreno es irregular por todas partes. Para una primera visita merece la pena apuntarse a una excursión guiada desde Inishbofin o Cleggan, tanto por el manejo del barco como por la historia oral que acompaña a las ruinas.
Si solo puedes elegir un día, apunta a finales de primavera o principios de otoño, cuando los chárteres funcionan con más regularidad y la luz es más nítida en dirección a Bofin.
